Toda aproximación rigurosa a las artes, en esta época tan insegura y llena de confusión, está sembrada de dudas. Múltiples alternativas se abren ante nosotros y las preguntas se suceden ¿Dónde estamos después de, como mínimo, un siglo de arte moderno? ¿Qué sentido pueden tener hoy todos los movimientos artísticos que han aparecido y desaparecido desde la irrupción de las vanguardias? ¿Alguno de ellos, a pesar de ser consumido como una moda más, sigue vigente? ¿Cuales serán las artes del siglo XXI? ¿Seguirá existiendo la fotografía?...
Tantas y tantas cuestiones dificultarían el desarrollo de otras actividades, pero las artes están en plena efervescencia y grandes museos repletos de creaciones novedosas son inaugurados por todo el mundo. Supongo que para conocer las posibilidades de nuestro tiempo habrá que verlo todo, incluso toda esta elocuencia visual que, a menudo, sólo consigue añadir más sorpresa sobre la confusión de nuestros días. En efecto, vivimos una época de posibilidades jamás sospechadas, pero es toda esta riqueza la que nos dificulta obrar de una manera más sencilla.
Cada día tengo más claro que quien se dedique a la creación artística deberá decidir si opta por una actividad entendida como un modo de sorprender o, por el contrario, desarrolla su trabajo con el objetivo, más discreto, de proponer un modo de ordenar. Esta segunda opción puede parecer poco ambiciosa y, sin embargo, pienso que esta creencia la reflejan la mayoría de las obras antiguas que seguimos apreciando –las denominadas clásicas- y también unas pocas de las actuales; obras exactas y serenas, alejadas de modas pasajeras.
Espero que mi cámara haya podido desvelar ese instante de unidad, cuando cada cosa ocupa su sitio en este mundo nuestro, tan diverso y misterioso. Pienso que la verdadera sorpresa aparece en estos momentos de equilibrio; la maravilla que se repite, toma a toma, y que es irrepetible… ¿la fotografía, un arte del siglo XXI?